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LIBRE OPINION DESDE PEREIRA.: DE SANTOS Y DEVOTOS

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Edison Marulanda Peña
El desempeño del gobierno del presidente Juan Manuel Santos busca caracterizarse porque el Estado de Derecho pase de ser ardid retórico –el caso de su predecesor–, a un reconocimiento pleno de los derechos con garantías.

Allcanzar este propósito exige una síntesis de pragmatismo y aplicación de la doctrina del Buen Gobierno para cumplir tres requisitos: eficiencia, efectividad y legitimidad.  También demanda la reconstrucción de unas instituciones –algunas las encontró  envilecidas–, el respeto de la independencia de las ramas del poder civil para recomponer el necesario equilibrio de pesos y contrapesos. Esto último será precario por la figura de la reelección presidencial y languidecerá más si se aprueba la actual versión de reforma de la justicia, que entregaría al Ejecutivo la conformación deternas para elegir Procurador y Contralor. De este conjunto descolla la legislación que está inspirada en una noción de justicia social, restituyendo la tierra a las víctimas del despojo violento y la redistribución de la riqueza mediante la nueva ley de regalías que beneficiará a más regiones.
Santos sabe que el Buen Gobierno no puede existir sin principios éticos aplicados, que están resumidos en los derechos humanos, y la vigencia de la Constitución. Por esta razón apela a la estrategia de expiar conocidas culpas de la “Seguridad democrática” y coadyuva a que la justicia investigue y sancione la corrupción como herencia que repugna. Pero es incomprendido por los uribistas ortodoxos quienes le echan en cara, con evidente despecho y crispación, el carecer de escrúpulos de lealtad hacia el expresidente Uribe.
Hasta su primo Francisco Santos en una columna titulada “No entiendo”, del 25 de enero  publicada por El Colombiano y La Tarde, arremete en estos términos: “Sí, Uribe hizo Presidente a Santos pero este último una vez electo dio la espalda a su antecesor e hizo todo lo contrario. Nombró a los enemigos políticos que él tanto criticó mientras estuvo en el gobierno Uribe, aprobó las leyes contra las que él se pronunció unos años atrás y emprendió una campaña de desprestigio muy bien articulada con unos sectores del poder judicial contra aquellos con los que se abrazó apenas unos años antes”.
Es curiosa una premisa de su argumento: “No sé si al país le gusta ese tipo de política. La del saltimbanqui, la deslealtad, la puñalada trapera y la traición. A mí no”.   ¿Pretende acaso que todo el país participe de una concepción de lealtad absoluta semejante a la omertá de  la mafia siciliana? ¿Esperaba que el sucesor presidencial cohonestara las anomalías administrativas, los desafueros y abusos que hoy conocemos? ¿Lealtad significa disimular y encubrir a quien viola la ley? ¿Es ético el proceder de un periodista que elimina la imparcialidad del medio radial que dirige, para dedicarlo a la defensa incondicional de sus antiguos compañeros de gabinete y no se declara impedido para entrevistarlos?
Quizás Francisco Santos no es inmune al síndrome de mala memoria histórica del colombiano común. Razón por la cual no recordó que el país nacional todavía es superior a sus dirigentes y fue capaz de sancionar la “lealtad” de Serpa con Samper, y le pasó cuenta de cobró en la campaña presidencial de 1998.
En lo que tampoco acierta el exvice presidente Santos, digno exponente de las bondades de la puerta giratoria entre poder político y periodismo, es que aspira a que la lealtad esté por encima de la gobernabilidad. Para este caso resulta útil decir con Agustín de Hipona: “Amicus Plato, sed magis amica veritas”: Platón es amigo, pero soy más amigo de la verdad. ¿Será que el presidente Santos es tan heterodoxo como agustiniano?
*Columna para La Tarde, enero 29 de 2012

Última actualización el Jueves, 02 de Febrero de 2012 05:03
Escrito por Otoniel
Sábado, 28 de Enero de 2012 23:44

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