Por, Otoniel Parra Arias. Director periódico ALFANOTICIAS.

La muerte negra o peste bubónica fue una pandemia que mató a un tercio de la población europea, unos 50 millones de personas y cuyos orígenes estaban implícitos en el estilo de vida de los seres humanos.

Datada por los historiadores entre 1347-1352 había tomado forma mucho antes y se mantendría vigente durante varios años más con gran potencial de mortalidad.

Eran tiempos con precariedad en la multiplicación de la información y por lo tanto los conocimientos científicos elementales pero rotundos eran reservados solamente para unas clases privilegiadas entre quienes se citaba a los intelectuales con sus profesiones principales del derecho y la teología.

Baste saber que en España solamente había una universidad, la de Salamanca, establecida por el rey Alfonso X el sabio hacia 1252, en la que se impartía el derecho y medicina y solamente hacia 1499, sería fundada la de Alcalá por el regente de España, el cardenal Cisneros, confesor entre otras cosas de la reina Isabel la Católica.

Así que la famosa peste negra que llegó desde el Asia, -siempre el oriente- transportada por viajeros y aventureros, pronto se apoderó de Europa a expensas de los marineros que surcaban las aguas del mediterráneo.

Fue la peste por decenas de dolorosos y mortíferos años, debido a la ignorancia, una incógnita para gobernantes, clérigos y estudiosos que caían a la par del pueblo llano, por centenares.

Sumaban miles las víctimas de las terribles fiebres y la bubas que aparecían en áxilas y partes íntimas de hombres y mujeres hasta llevarlos a una dolorosa muerte rodeados de sus allegados en aflicción, ya candidatos fijos para sucederles en el martirio.

En la búsqueda de causas, se decía que era por aires malos y por perversas influencias traídas desde lejanas tierras, algo en lo que había algo de razón y se buscaba en medio del desespero a los culpables de este terrible mal.

Como siempre aparecieron los que para el vulgo aupado desde los púlpitos eran los causantes de la desgracia colectiva; nada más y nada menos que los judíos, por su forma de vivir: el retraimiento en sus rituales; su estilo de alimentación y además por algo que era de bulto: haber sido sus antepasados los autores del martirio y muerte de Jesucristo.

En fin que se indagó a la par de esos supuestos orígenes, por otros que se entrelazaban promiscuamente entre causas naturales, venenos fabricados por enemigos de la civilización occidental y confabulaciones invisibles de habitantes de lo oculto, como brujos, hechiceros y demonios, red de pesca en la que caía todo aquel que por sus estudios demasiado incomprensibles para el vulgo expelían un sospechoso olor a azufre por haber incursionado en el reino de satanás.

Para todos ellos hubo en la mayoría de los casos lo que los líderes consideraron la solución final, como el ahorcamiento y la decapitación luego de un itinerario de torturas que según los gobernantes de esas oscuras calendas aplacarían la furia de un Dios ofendido por los pecados de los hombres.

Pero todo fue inútil y así durante varios siglos la peste continúo asolando el mundo conocido. Sin embargo, la solución era sencilla como ha ocurrido en el siglo actual con el coronavirus, con la aplicación de normas elementales de higiene para detener al mal.

Es que uno de los problemas radicaba en las costumbres y creencias de buena fe arraigadas que día a día sembraban de cadáveres campos y aldeas.

La peste había sido transportada por parásitos hematófagos habitantes del cuerpo humano que alternaban su residencia en animales como las ratas que por esos tiempos inundaban vías públicas, comercios y hogares.

Las pulgas en marineros, soldados y comerciantes, viajeros entre Asia y Europa, contaminaban a las personas y se reproducían de nuevo en miles de roedores para continuar así un círculo de enfermedades letales.

Es de recordar que el aseo no era propiamente una cualidad de los habitantes de los villorrios en los lugares más humildes y bajos de la sociedad y ni que decir de los jerarcas de la nobleza y la realeza, contertulios de honorables políticos e intelectuales que en jornadas de gran ingesta de licores y platos de cacería reían y cantaban mientras se rascaban con fruición debido al ataque de esos bichos.

Para agravar, como pude leerlo en la historia de uno de los pueblos más antiguos de España, Torrejón de Ardoz, la costumbre autorizada por el vaticano, de enterrar los cadáveres de los fallecidos del pueblo, en espacios de la misma iglesia contribuía a multiplicar los males que habían causado los fallecimientos.

Como el piso de las iglesias eran en tierra y los fieles asistentes a los oficios religiosos en esos tiempos no tenían acceso a un lujo solo reservado a la nobleza y a los soldados, como eran las botas y rústicos zapatos, la contaminación era casi segura.

Esa costumbre de enterrar a los muertos en la nave principal de templos y capillas subsistió durante varios siglos y desafortunadamente llegó a las tierras recién descubiertas de las llamadas indias occidentales que en su mayoría adoptaban las costumbres de Castilla y la iglesia católica.

Igualmente la de velar por varios días a los difuntos en casas cerradas y la falta de medidas fitosanitarias contribuyó a la expansión de las infecciones y ya entrado el siglo XX cuando todavía aparecía en regiones como Africa, la aplicación de antibióticos y el alejamiento de la contaminación lograron resultados en este mal que también se llevó a gran parte de la humanidad.

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